Sin sus amenazas y sin el respaldo de su familia, parecía otro hombre.
—¿De verdad vas a dejar que me manden a prisión? —preguntó.
—Yo no falsifiqué las firmas.
—Éramos esposos.
—Eso no te daba derecho a robarme.
—Rebeca hizo la mayoría de las compras.
—Tú le diste mis contraseñas.
—Mi madre estaba desesperada.
—Tu madre quería mi casa.
Mauricio dejó una caja sobre el suelo.
—Algún día te arrepentirás de destruir a esta familia.
Valeria sostuvo su mirada.
—La familia se destruyó cuando decidieron convertirme en su cuenta bancaria.
Él levantó la caja.
—Te vas a quedar sola.
—Prefiero estar sola que rodeada de personas que esperan verme caer para quedarse con lo mío.
Mauricio salió sin responder.
Cuando la puerta se cerró, Valeria sintió alivio, pero también miedo. Recuperar el departamento no significó recuperar la tranquilidad.
Durante semanas despertó al escuchar pasos en el pasillo. Revisaba las cerraduras varias veces antes de dormir y evitaba entrar en la cocina.