Sofía levantó su vasito de jugo.
—¡Por mamá y papá!
Los tres reímos.
Aquella noche, mientras contemplaba el mar, recordé la frase con la que Daniel casi había destruido nuestro matrimonio:
«Desde hoy, cada quien se rasca con sus propias uñas».
Qué diferente era nuestra vida ahora.
Comprendí que aquella hoja con treinta y seis mil quinientos pesos nunca había sido una factura verdadera.
Había sido una manera de mostrarle el trabajo que durante meses se negó a reconocer.
Porque una familia no debería ser una competencia para descubrir quién gana más dinero o quién termina más cansado.
Y ninguna persona debería tener que enfermarse, marcharse o dejar de hacer todo para que finalmente reconozcan su esfuerzo.
El trabajo de cuidar un hogar no pierde valor porque no tenga sueldo. Y quien aporta dinero tampoco debería cargar solo con todas las preocupaciones económicas. El verdadero compañerismo comienza cuando ambos reconocen el esfuerzo del otro y están dispuestos a compartir la carga.