Daniel me abrazó.
Y esta vez su abrazo se sintió como el de aquel hombre con quien había decidido formar una familia.
Dos años después, Sofía ya asistía feliz al kínder.
Yo trabajaba medio tiempo como diseñadora independiente y había recuperado una parte de mí que creía perdida.
Daniel recibió un ascenso, pero nuestra organización familiar se mantuvo.
Ese verano pudimos realizar nuestro primer viaje largo juntos, a Mazatlán.
Una noche, cenando cerca de la playa, Daniel levantó su vaso de limonada.
—Quiero brindar por mi esposa. Porque hace dos años me enseñó algo que debí comprender desde el principio: traer dinero a casa no significa sostener solo a una familia. También la sostiene quien cuida, educa, limpia, acompaña y está presente.
Yo sonreí.
—Y yo quiero brindar porque aprendimos que el amor no se demuestra solamente con palabras bonitas, sino compartiendo las responsabilidades cuando la vida se vuelve difícil.