Yo, por mi parte, aprendí a descansar sin sentir culpa.
Los sábados comencé a salir a caminar, tomar café con una amiga o simplemente sentarme a leer.
También retomé pequeños proyectos de diseño desde casa, sin comprometer el tiempo que necesitaba Sofía.
Un día, mientras revisábamos nuestros gastos, Daniel encontró el presupuesto de treinta y seis mil quinientos pesos que yo le había entregado.
Lo observó durante un momento y sonrió con tristeza.
—¿Sabes algo, Mariana? Creo que tus cálculos estaban incompletos.
—¿Por qué?
—Porque solo pusiste precios a las tareas. No calculaste las noches sin dormir, las preocupaciones, ni todas las veces que pusiste nuestras necesidades antes que las tuyas.
Me apretó la mano.
—Eso no tiene precio.
Sentí lágrimas en los ojos.
—No necesitaba que me pagaras por querer a nuestra hija —respondí—. Solo necesitaba que dejaras de hacerme sentir que mi amor y mi esfuerzo no valían nada.