Daniel tomó mi mano.
—No quiero que nuestra hija crezca viendo a su padre tratar a su madre como una sirvienta. Y tampoco quiero perderte por no haber sabido valorar lo que tenía.
Me quedé callada.
Después acerqué la carpeta.
—Entonces también quiero que hablemos de mi futuro. No pienso renunciar para siempre a mi profesión.
—Por supuesto —respondió—. Podemos organizarnos cuando decidas volver a trabajar. Tu carrera también importa.
Fue la primera conversación sobre nuestro futuro en mucho tiempo en la que ninguno intentó imponerle nada al otro.
Pasaron tres meses.
Daniel cumplió sus compromisos, aunque no todo fue perfecto.
Hubo días en que olvidó poner una lavadora y otros en que yo terminé haciendo más de lo acordado. También tuvimos discusiones sobre horarios y dinero.
Pero ahora podíamos hablarlo.
Daniel dejó de llamar ayuda a cuidar a su propia hija. Comprendió que no estaba haciéndome un favor: estaba ejerciendo su responsabilidad como padre.