No contenía promesas románticas ni un regalo costoso.
Contenía algo que necesitábamos mucho más: un plan.
—Estuve revisando nuestros gastos —comenzó—. Y me di cuenta de que nos obsesionamos con ahorrar para cambiar el coche, mientras tú llevabas meses sin tener tiempo ni dinero para ti.
Me mostró una nueva distribución del presupuesto.
Había separado los gastos indispensables de Sofía, la comida, los servicios y el crédito de nuestro departamento.
También propuso que ambos tuviéramos acceso completo a la información del dinero familiar y una cantidad personal mensual para utilizar sin tener que justificar cada compra.
—No quiero que tengas que pedirme permiso para comprarte algo —dijo—. El dinero que entra sostiene a nuestra familia, no me convierte en tu jefe.
Después señaló otro apartado.
Había calculado cuánto costaría contratar a Rosa cuatro horas cada sábado para que yo pudiera disponer de tiempo propio.