Sentí que la garganta se me cerraba.
—Daniel, lo que más me dolió no fue cocinar sola ni limpiar sola. Fue que dejaras de verme como tu compañera.
Él asintió.
—Lo sé. Me comporté como si fueras una carga.
—Cuando tú trabajabas hasta tarde, yo estaba orgullosa de ti. Nunca te dije que no hacías suficiente. Pero tú me hacías sentir culpable hasta por comprarle una crema a nuestra hija.
Daniel se acercó.
—No tengo ninguna excusa.
Lloré.
No porque aquellas palabras borraran todo el daño, sino porque era la primera vez que mi esposo escuchaba mi dolor sin intentar defenderse.
Nos abrazamos durante largo rato.
Pero antes de acostarnos le dije:
—Te perdono, Daniel. Sin embargo, no quiero que volvamos a lo mismo dentro de un mes.
—No vamos a volver —respondió—. Quiero demostrártelo.
El sábado me sorprendió.
Había preparado una carpeta con nuestras cuentas familiares.