Esta vez acepté gustosa.
No porque hubiera olvidado nuestro acuerdo, sino porque empezaba a entender que no necesitábamos intercambiar una carga injusta por otra.
Necesitábamos aprender a compartirla.
Entre los dos terminamos preparando una pequeña torre de hot cakes.
Sofía aplaudía desde su sillita.
—¡Papá, rico!
Daniel sonrió orgulloso.
Después de cenar, mientras lavábamos los platos, dejó de pronto la esponja.
—Mariana, necesito decirte algo.
Lo miré.
—Perdón.
Esperé en silencio.
—Perdón por todas las veces que llegué a casa y te hice sentir que no habías hecho suficiente. Por reclamarte los pañales, por criticar la comida, por creer que porque yo ganaba dinero tenía derecho a decidirlo todo.
Sus ojos estaban húmedos.
—Estos días he llegado a la noche sin fuerzas. Y aun así, sé que solo llevo cinco días haciendo lo que tú has hecho durante dieciocho meses.