Las cartas demostraban otra verdad.
Él había escrito durante años.
Cumpleaños, graduación, boda, nacimiento de Emilia y muerte de Gabriel.
Amalia las había escondido.
En la última, el padre de Valeria decía:
“Tu madre no responde mis llamadas y quizá nunca recibas esto. Cometí el error de alejarme de ella y terminé alejándome también de ti. Pero nunca fuiste una hija olvidada. Nunca dejé de quererte”.
Valeria lloró durante horas. La carta no devolvía el tiempo perdido, pero rompía una mentira que había vivido dentro de ella como si fuera un hueso.
Rosa se quedó en Guadalajara durante el verano. No exigió abrazos ni intentó reemplazar a nadie. Se sentaba en el suelo para jugar con Emilia, preparaba hotcakes los domingos y contaba historias de Gabriel cuando era niño.
Una tarde explicó que él había escondido una lagartija dentro del cajón de sus collares.