Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

Le acaricié el cabello.

—Hay personas cuidándote. Tu trabajo es descansar.

Gael llegó cuando la policía ya retenía a Damián. Estaba furioso.

—Me vas a explicar por qué intentaste llevarte a mi hijo —le dijo.

—Porque te estás volviendo débil —contestó Damián—. Estás regalando el puerto, cerrando bodegas y entregando a tu gente. Todo para jugar a ser un empresario decente.

—Tomás tiene cinco años.

—Y tú ibas a dejar sin futuro a cientos de personas por él.

Damián se calló cuando uno de los policías le indicó que cualquier declaración debía hacerse conforme al procedimiento. No confesó su plan, pero su resentimiento quedó claro.

Gael se le acercó tanto que Ramiro dio un paso adelante. Por un momento creí que iba a golpearlo. En vez de eso, se volvió hacia el agente.

—Quiero denunciar también una posible intoxicación deliberada. Tengo información sobre ese hombre y sobre negocios que hice con él. Voy a necesitar un abogado, pero no voy a esconderlo.

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