Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

—¿Y a Tomás sí le convenía tomarse esas gotas?

Me agarró del brazo. Antes de que pudiera apartarme, la puerta del pasillo se abrió y apareció una camilla rumbo a estudios. Damián me soltó con una sonrisa de cortesía.

—Piensa en lo que acabas de perder una vez. Podrías perderlo todo otra vez.

Cuando llegué a la estación de enfermería, la doctora Nájera me mostró una solicitud de traslado urgente, enviada supuestamente por Gael. Pedía sacar a Tomás hacia una clínica privada sin nombre de médico receptor.

La firma era la de Gael. Pero él acababa de decirme que no permitiría mover a su hijo hasta conocer los resultados.

Y al fondo del pasillo vi a Damián acercándose a la camilla con dos hombres que jamás había visto.

PARTE 3

No grité. Necesitaba impedir que sacaran a Tomás sin alterar su tratamiento.

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