Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

Ofelia llegó al hospital al amanecer. Quiso entrar directamente a terapia intensiva y se enfureció al encontrarme junto a la puerta.

—¿Esta mujer sigue aquí? ¿Ahora una afanadora decide sobre mi nieto?

—Esa afanadora evitó que lo atacaran —respondió Gael.

Ofelia me miró como se mira una mancha que no sale con cloro.

—Inés es la que debe dar explicaciones. Siempre estuvo celosa de su hermano.

Su insistencia era tan parecida a la de Damián que sentí un hueco en el estómago.

Fui a entregar mi declaración al agente del Ministerio Público que había acudido por el ataque. Al regresar, encontré a Damián frente a la puerta del pequeño cuarto donde guardábamos nuestros uniformes.

—Sé lo de tu hija —dijo en voz baja—. También sé por qué dejaste de ser enfermera. No te conviene meterte en asuntos de esta familia.

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