Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

—Entonces debería ser sencillo explicarlo. Pídale el archivo original de los registros, no impresiones. Y hable con Inés antes de acusarla.

Gael llamó a su hermana. Ella respondió furiosa, desde una gasolinera en la carretera a Puebla, donde había pasado el día visitando a una clienta.

—¡Yo no entré a tu casa! —gritó—. Mamá conoce mi clave porque se la di cuando perdió sus llaves. La asociación pagó una compra de material de curación, no medicamentos para Tomás. Puedo demostrarlo con mi banco.

La explicación no la absolvía por sí sola, pero abría una pregunta importante: si Ofelia conocía la clave, ¿por qué Damián estaba tan interesado en atribuírsela a Inés?

Los estudios confirmaron una bradicardia inexplicable. La doctora advirtió que el análisis toxicológico tardaría y que debían entregar el gotero a la Fiscalía.

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