Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

Cuatro años después, cuando mi situación laboral era estable y Gael ya había afrontado las principales consecuencias judiciales de sus negocios, nos casamos por el civil en una ceremonia pequeña. Inés fue testigo. Ofelia asistió como invitada, sin pretender dirigir nada. Tomás llevó una flor blanca y un dibujo nuevo: esta vez no había pistolas ni hombres malos. Solo una casa con la puerta abierta.

Nunca olvidé el pasado de Gael ni dejé de exigirle que reparara el daño posible.

Lo que sí sé es que, aquella noche, nadie quiso escuchar a la mujer que llevaba un uniforme gris y empujaba un carrito de limpieza. Yo tampoco sabía si saldría viva de la habitación 608.

Pero un niño estaba solo frente a un hombre con una jeringa, y yo ya había perdido a una hija.

No podía devolverle la vida a Clara. Podía impedir que otro padre tuviera que despedirse de su hijo.

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