—Te di algo que no debía. Aunque yo creyera que era bueno, fue peligroso. Lo siento.
Tomás, que ya tenía seis años, no supo qué contestar. Gael no lo obligó a abrazarla. Ofelia siguió asistiendo a terapia y aceptó visitas breves, siempre que Tomás quisiera. Inés tampoco volvió a confiar plenamente en ella; se hablaban durante los cumpleaños, pero ninguna pretendía que todo hubiera quedado atrás. Eso me hizo pensar que Gael realmente estaba aprendiendo: respetaba los límites aunque fueran dolorosos.
Gael y yo coincidimos en las revisiones de Tomás. Durante meses solo hablamos de su salud, de nuestras responsabilidades y de la culpa que cargábamos.
Al año me invitó a tomar café. Le advertí que no viviría rodeada de escoltas ni secretos. No prometió milagros; dijo que trabajaba para cambiar.
Nuestra relación comenzó lentamente. No borró a Clara, ni a la mamá de Tomás, ni los actos de Gael. Tampoco convirtió a Ofelia en una mujer distinta de un día para otro. Aprendimos a hablar incluso cuando la verdad resultaba incómoda.