Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

—Te di algo que no debía. Aunque yo creyera que era bueno, fue peligroso. Lo siento.

Tomás, que ya tenía seis años, no supo qué contestar. Gael no lo obligó a abrazarla. Ofelia siguió asistiendo a terapia y aceptó visitas breves, siempre que Tomás quisiera. Inés tampoco volvió a confiar plenamente en ella; se hablaban durante los cumpleaños, pero ninguna pretendía que todo hubiera quedado atrás. Eso me hizo pensar que Gael realmente estaba aprendiendo: respetaba los límites aunque fueran dolorosos.

Gael y yo coincidimos en las revisiones de Tomás. Durante meses solo hablamos de su salud, de nuestras responsabilidades y de la culpa que cargábamos.

Al año me invitó a tomar café. Le advertí que no viviría rodeada de escoltas ni secretos. No prometió milagros; dijo que trabajaba para cambiar.

Nuestra relación comenzó lentamente. No borró a Clara, ni a la mamá de Tomás, ni los actos de Gael. Tampoco convirtió a Ofelia en una mujer distinta de un día para otro. Aprendimos a hablar incluso cuando la verdad resultaba incómoda.

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