—No quiero que me compre un futuro —le dije.
—No estoy tratando de comprarla. Solo quiero agradecerle.
—Entonces escuche: Tomás necesita un padre que esté presente, no uno que mande a otros a resolverlo todo.
No pareció ofenderse. Sacó del bolsillo un dibujo arrugado. Tomás nos había pintado a los tres, junto a un trapeador gigantesco.
—Me pidió que se lo diera. Dice que es su escudo.
Yo conservé el dibujo. El dinero no.
Durante meses, las cámaras del hospital y los registros auténticos ayudaron a identificar al falso médico: había usado documentación de una empresa vinculada a Damián. La distribuidora del gotero también estaba relacionada con sus negocios clandestinos.
El investigador me pidió volver a contar cómo había reconocido al impostor. Entendí entonces que no había sido una intuición milagrosa: eran detalles concretos. No tenía gafete, sacó una jeringa sin identificar y evitó llamar al personal responsable. Mi declaración no bastaba para condenarlo, pero sirvió para comprobar que había entrado sin formar parte del equipo médico. Semanas después localizaron al hombre y lo presentaron ante un juez.