Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

Inés llegó al hospital después de declarar. Al ver a su madre, se detuvo.

—Me acusaste de querer matar a mi sobrino.

—Yo solo repetí lo que me mostraron.

—Lo repetiste porque era más fácil culparme que aceptar que alguien te había engañado.

Ofelia quiso abrazarla. Inés se apartó. Gael no intentó forzar una reconciliación.

Tomás estuvo ocho días hospitalizado. Cuando por fin pudo caminar hasta la ventana, me pidió que le contara cómo había vencido al hombre de la bata.

—No lo vencí sola —le expliqué—. Pedí ayuda y la gente correcta llegó.

—Pero tú no corriste.

—Tenía muchísimo miedo, chaparrito.

—Entonces fuiste valiente de todos modos.

Lo abracé con cuidado. Por primera vez desde la muerte de Clara, el recuerdo de una niña en una cama no terminó solamente en culpa.

Gael me ofreció dinero al darle de alta. Lo rechacé.

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