Un capo criminal irrumpió armado en el hospital cuando supo que habían envenenado a su hijo de 5 años. Me encontró sangrando junto a su cama, defendiéndolo con un trapeador roto, y gritó: “¿Qué le hiciste?”. No discutí; le mostré la jeringa del falso médico. Pero la verdadera traición venía de alguien mucho más cercano al niño…

—Teresa te dijo que estaba peor.

Ofelia bajó los ojos.

—Damián dijo que al principio era normal.

—¿Nunca llamaste al cardiólogo de Tomás?

—No.

Ofelia no había querido matarlo, pero prefirió guardar el secreto antes que preguntar. Yo también conocía ese orgullo.

—¿Y por qué usaste la clave de Inés para entrar a nuestra casa? —insistió Gael.

Ofelia lo miró sorprendida.

—No la usé para eso. Damián me pidió que se la prestara a un repartidor porque las instrucciones debían llegar sin pasar por tu oficina. Me pareció una tontería, pero se la di.

Ofelia declaró después con asistencia de su abogada. Conservaba el correo con las indicaciones falsas. Los peritos demostraron que los registros impresos por Damián habían sido alterados; el banco confirmó que Inés solo pagó material de curación.

Había sido una trampa construida con cosas reales: una clave compartida, un pago auténtico y una familia acostumbrada a sospechar de sí misma.

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