—El mundo no —respondió Gabriel—. Tal vez algunos funcionarios.
Elena se aferró a su camisa.
—La otra memoria está detrás del escudo plateado de la cava.
Todas las miradas se dirigieron a ella.
Octavio abofeteó a Sebastián.
—¡Te ordené revisar cada habitación!
Sebastián se quedó inmóvil, humillado frente a sus propios guardias.
Gabriel comprendió entonces que su yerno no era el centro del monstruo. Era apenas el heredero más ruidoso. Octavio había construido la red. Rebeca había aprendido a limpiar sus consecuencias. Bruno observaba, calculaba y guardaba secretos.
Los guardias levantaron sus armas.
Puntos rojos aparecieron sobre el pecho de Gabriel.
—Baje la pistola —ordenó Octavio.
Gabriel la dejó en el suelo.
La luz de toda la mansión se apagó.
Hubo un estruendo de cristales rotos.
—¡Policía estatal! ¡Todos al suelo!
La oscuridad explotó en gritos. Alguien disparó contra una pared. Gabriel derribó a Elena detrás del escritorio y cubrió su cuerpo. Linternas atravesaron el sótano mientras agentes armados entraban por ambos corredores.