Su hija alcanzó a susurrar “Papá, ayúdame” antes de que la llamada muriera; al llegar, encontró al yerno con un bate y una frase escalofriante: “Tuvo que ser disciplinada”… pero la mansión escondía algo peor.

—El señor Alcázar ordenó que salga.

—Entonces dile que venga a sacarme.

El guardia avanzó. Gabriel golpeó el escalón bajo su pie, lo desequilibró y lo apartó contra el barandal. Después tomó el radio que llevaba en el cinturón.

—La policía no ha sido llamada —decía una voz—. Repito: no llamen a la policía hasta limpiar el lugar.

Gabriel descendió.

El sótano olía a humedad, vino y desinfectante. En el fondo de un corredor escuchó un sollozo.

—Por favor… ya no.

—Mantén el brazo quieto —respondió una voz masculina.

—Está perdiendo demasiada sangre —dijo una mujer.

—La señora Rebeca prohibió llevarla a un hospital.

Gabriel empujó la puerta.

Elena estaba atada a una silla con mascadas de seda. Tenía la mejilla hinchada, el labio partido y una herida en el hombro. Un hombre vestido con uniforme médico sostenía gasas manchadas. Cerca de un archivero temblaba una joven empleada doméstica.

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