Su hija alcanzó a susurrar “Papá, ayúdame” antes de que la llamada muriera; al llegar, encontró al yerno con un bate y una frase escalofriante: “Tuvo que ser disciplinada”… pero la mansión escondía algo peor.

Sebastián resbaló.

Gabriel le dio un solo golpe debajo de las costillas. El joven cayó de rodillas, sin aire.

Octavio corrió hacia el arma.

—Tócala y terminarás en el suelo junto a tu hijo.

El hombre se detuvo.

Gabriel cruzó la puerta principal. El vestíbulo estaba cubierto de retratos familiares, esculturas importadas y fotografías de Octavio junto a gobernadores, magistrados y secretarios de Estado. Aquella casa no había sido construida para vivir, sino para recordarles a los visitantes quién tenía poder.

Rebeca trató de impedirle el paso.

—Está invadiendo una propiedad privada.

—Ustedes convirtieron esta propiedad en una prisión.

Desde el piso superior llegó un golpe.

—¡Papá!

Gabriel subió de 2 en 2 los escalones.

—¡Elena!

Una puerta se cerró al final del pasillo.

Detrás de él, Rebeca perdió la compostura.

—¡No permitan que llegue al ala de servicio!

Gabriel cambió de dirección. Atravesó una galería y encontró una escalera estrecha que descendía hacia el sótano. Un guardia corpulento apareció en el primer descanso.

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