Esa noche también llegó Lucía Ortega con comida, medicamentos y ropa cómoda. Cuando Valeria retiró la gasa, ambas guardaron silencio.
La quemadura se extendía desde la mejilla hasta el hombro.
—¿Desde cuándo te agrede? —preguntó Mónica.
—Nunca había llegado tan lejos.
—No pregunté eso.
Valeria bajó la mirada.
Mauricio revisaba su teléfono, abría su correspondencia bancaria y exigía saber cuánto dinero enviaba a sus padres. También controlaba con quién salía y se molestaba cuando ella trabajaba hasta tarde.
Cada vez que Valeria protestaba, él la acusaba de ser fría, ambiciosa y poco comprometida con el matrimonio.
Rebeca entraba al departamento sin avisar, se llevaba maquillaje, ropa y accesorios, y después decía que Mauricio había dado permiso.
Ofelia llamaba cada semana para exigir dinero.
—Pensé que eran conflictos normales —confesó Valeria.
—No era normal —dijo Lucía—. Solo te acostumbraron a soportarlo.