Ofelia cambió su versión. Primero dijo que Renata tomó las piezas sola. Después reconoció el juego de los peces, pero aseguró que las bolitas saldrían naturalmente. Negó querer herirla. Nunca explicó por qué ocultó el envase cuando comenzaron los dolores.
Su motivo se entendía al leer el reporte previo. Pretendía convertir una enfermedad provocada mientras yo estudiaba en prueba de negligencia y presentarse como la abuela capaz de «rescatarla». No sé si imaginó el daño de treinta y seis imanes. Sí sé que el envase advertía del peligro y que, cuando Renata pidió ayuda, eligió callarse.
El jueves por la noche, Renata despertó desorientada. Una enfermera le humedeció los labios. Mi hija me buscó con la mirada.
—¿Ya sacaron los peces?
—Sí, corazón. Los doctores los sacaron.
—¿La abuela está enojada conmigo?
Sentí que algo se me rompía por segunda vez.