Mi pequeña hija entró a mi habitación a las dos de la madrugada, llorando desconsoladamente y sujetándose el vientre: «Mamá, hay pececitos nadando dentro de mí». En urgencias descubrieron 36 imanes en su cuerpo, y mi esposo me gritó: «¿Qué fue exactamente lo que le hiciste?». No discutí con él. Saqué mi celular y les pedí a los policías que revisaran la cámara de seguridad del comedor… Sin imaginar jamás qué miembro de nuestra familia aparecería en la pantalla.

Ofelia cambió su versión. Primero dijo que Renata tomó las piezas sola. Después reconoció el juego de los peces, pero aseguró que las bolitas saldrían naturalmente. Negó querer herirla. Nunca explicó por qué ocultó el envase cuando comenzaron los dolores.

Su motivo se entendía al leer el reporte previo. Pretendía convertir una enfermedad provocada mientras yo estudiaba en prueba de negligencia y presentarse como la abuela capaz de «rescatarla». No sé si imaginó el daño de treinta y seis imanes. Sí sé que el envase advertía del peligro y que, cuando Renata pidió ayuda, eligió callarse.

El jueves por la noche, Renata despertó desorientada. Una enfermera le humedeció los labios. Mi hija me buscó con la mirada.

—¿Ya sacaron los peces?

—Sí, corazón. Los doctores los sacaron.

—¿La abuela está enojada conmigo?

Sentí que algo se me rompía por segunda vez.

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