Mi pequeña hija entró a mi habitación a las dos de la madrugada, llorando desconsoladamente y sujetándose el vientre: «Mamá, hay pececitos nadando dentro de mí». En urgencias descubrieron 36 imanes en su cuerpo, y mi esposo me gritó: «¿Qué fue exactamente lo que le hiciste?». No discutí con él. Saqué mi celular y les pedí a los policías que revisaran la cámara de seguridad del comedor… Sin imaginar jamás qué miembro de nuestra familia aparecería en la pantalla.

Esa tarde preparé una cronología: visita del martes, grabación de la ingestión, regreso del miércoles y mensajes de Ofelia. Adjunté mi llamada al pediatra. Descargué los videos completos y solicité preservar los originales. Una discusión familiar no podía sustituir los hechos.

Andrés revisó la cronología conmigo. Encontró un mensaje del miércoles donde Ofelia preguntaba si yo estaba «demasiado entretenida estudiando». Era posterior a las quejas de Renata. Lo incorporó a la evidencia.

Indiqué a Salgado el bazar donde Ofelia compraba artículos para revender. Después, los investigadores obtuvieron la información de venta y el empaque: treinta y seis esferas magnéticas con advertencias de ingestión y atención médica inmediata. No eran golosinas.

Durante días me despertó una misma pregunta: ¿cómo no entendí la palabra «peces» desde el principio? La doctora me explicó que al inicio las molestias podían parecer un problema estomacal común. Yo había llamado al pediatra y actuado al agravarse los síntomas. Sentir culpa no me daba información que nunca tuve.

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