—No hiciste nada malo. Un adulto te dio cosas que no debías tragar. La responsabilidad era suya.
—Me dijo que si te contaba ya no podría ir a su casa.
—Puedes contarme cualquier cosa, aunque alguien te pida que la escondas. Especialmente si te duele o te asusta.
Andrés se acercó a la cama. Renata lo reconoció y frunció la frente.
—Papá, ¿por qué le gritaste a mamá?
Él se quedó inmóvil. Yo no intervine.
—Porque me equivoqué —respondió después—. Tenía miedo y la traté mal. Tu mamá no hizo nada para lastimarte.
Renata asintió con una seriedad impropia de sus cinco años y se durmió. Andrés lloró. Necesitaba comprender cuánto la habían lastimado sus palabras.
Durante los días siguientes, Renata tuvo dolor, miedo de comer y pesadillas. La primera vez que le ofrecieron caldo, inspeccionó la cuchara buscando objetos brillantes. Le mostramos la comida con paciencia, sin obligarla. Acudimos a controles médicos. Una psicóloga infantil nos ayudó a hablar sin interrogarla constantemente; cualquier entrevista formal se haría con personal especializado.