Mi pequeña hija entró a mi habitación a las dos de la madrugada, llorando desconsoladamente y sujetándose el vientre: «Mamá, hay pececitos nadando dentro de mí». En urgencias descubrieron 36 imanes en su cuerpo, y mi esposo me gritó: «¿Qué fue exactamente lo que le hiciste?». No discutí con él. Saqué mi celular y les pedí a los policías que revisaran la cámara de seguridad del comedor… Sin imaginar jamás qué miembro de nuestra familia aparecería en la pantalla.

—Contéstale —le dije—. Por una vez, contéstale sin preguntarle primero qué debes pensar.

Andrés alzó la cabeza.

—Necesito saber por qué le mentiste a mi hija.

Ofelia apretó los labios.

—Yo quería demostrarte que Lucía no estaba pendiente. Tú mismo dijiste que había cambiado desde que empezó la carrera.

Andrés negó despacio.

—Dije que estábamos cansados. No que tuvieras derecho a hacer esto.

La frase me hizo recordar otra cosa: el sábado anterior, Ofelia le había anunciado a Andrés que pronto tendría «pruebas de sobra» para que Renata pasara más tiempo con ella. Yo pensé que hablaba de nuestras discusiones habituales.

—Enséñame los mensajes que te mandó esta semana —le pedí a mi esposo.

Dudó. Después sacó su celular y abrió la conversación. Había reproches contra mí, fotografías de la niña y un archivo adjunto enviado el martes a las cuatro y treinta y ocho, antes de que Ofelia llegara a nuestra casa.

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