Mi pequeña hija entró a mi habitación a las dos de la madrugada, llorando desconsoladamente y sujetándose el vientre: «Mamá, hay pececitos nadando dentro de mí». En urgencias descubrieron 36 imanes en su cuerpo, y mi esposo me gritó: «¿Qué fue exactamente lo que le hiciste?». No discutí con él. Saqué mi celular y les pedí a los policías que revisaran la cámara de seguridad del comedor… Sin imaginar jamás qué miembro de nuestra familia aparecería en la pantalla.

—¿De dónde sacaste esa cajita? —pregunté.

—De un bazar. No tiene importancia.

Sí la tenía. Una semana antes me había enseñado unas esferas que se pegaban entre sí para formar figuras. Rechacé que se las comprara a Renata por ser demasiado pequeñas. Ofelia se burló de mis «miedos de mamá primeriza». Ahora entendía que había llevado las mismas piezas a escondidas. Se lo conté a los agentes y les pedí que quedara asentado; también quería que localizaran el envase original.

Ofelia se apartó hacia el elevador, pero Ríos le indicó que permaneciera disponible para que pudiera tomarse su declaración. Ella se volvió hacia su hijo.

—Andrés, no vas a dejar que me traten como delincuente por un juego, ¿verdad?

Él miraba el suelo. Conocía aquella postura: era la misma que adoptaba cuando ella criticaba mi comida, mis estudios o la manera en que criábamos a Renata.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *