—Aquí me dio los peces la abuela.
No moví los moldes ni fingí que no la había oído.
—Sí, mi vida. Fue aquí.
—¿Puedo comer aquí otra vez aunque me dé miedo?
—Claro. Y si hoy no quieres, también está bien.
Se sentó en su antigua silla. Probó una cucharadita y sonrió. Fue una escena pequeña, sin policías, expedientes ni gritos, pero para mí significó más que cualquier disculpa.
En su sexto cumpleaños, Renata apagó las velas y pidió ir al parque. Andrés confesó que aún le dolía reconocer quién era su madre. Su dolor no le daba derecho a sacrificar la seguridad de nuestra hija.
Antes de acostarse, Renata me hizo una última pregunta.
—Mamá, si la abuela dice que me quiere, ¿por qué me dio algo malo?
Me senté a su lado.
—A veces una persona puede querer a alguien y aun así hacerle daño por querer controlar las cosas. Eso no convierte el daño en amor ni obliga a perdonarlo.