—¿Y si algún día la extraño?
—Puedes extrañarla. Puedes enojarte. Puedes decirme las dos cosas. Lo que nunca tienes que hacer es guardar un secreto que te lastime.
Me abrazó y apagó su lamparita. Desde la puerta escuché su respiración tranquila, la misma que aquella madrugada temí no volver a oír.
Conservo la cámara, pero jamás mostré a Renata el video ni lo compartí públicamente. Ella necesitaba protección, no un espectáculo.
Algunos creen que debería permitir las visitas de una abuela arrepentida. El parentesco, para mí, no devuelve la confianza. Tal vez Renata decida algún día qué lugar tendrá ese vínculo en su vida. Mientras tanto, me corresponde creerle cuando algo le duele y no permitir que nadie le pida silencio a cambio de cariño.
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