Mi pequeña hija entró a mi habitación a las dos de la madrugada, llorando desconsoladamente y sujetándose el vientre: «Mamá, hay pececitos nadando dentro de mí». En urgencias descubrieron 36 imanes en su cuerpo, y mi esposo me gritó: «¿Qué fue exactamente lo que le hiciste?». No discutí con él. Saqué mi celular y les pedí a los policías que revisaran la cámara de seguridad del comedor… Sin imaginar jamás qué miembro de nuestra familia aparecería en la pantalla.

Andrés durmió un mes en la habitación de visitas. Empezamos terapia de pareja. Admitió que su silencio había permitido que las críticas de Ofelia se convirtieran en acusaciones.

—No me debes una promesa enorme —le dije en una sesión—. Me debes decisiones pequeñas, todos los días.

Andrés acudió a las revisiones, adaptó nuestras comidas y dejó de escuchar llamadas que me culpaban. No lo perdoné de golpe, pero ya no me exigía olvidar. Terminé además el semestre de contabilidad que había dejado suspendido por la hospitalización. Andrés se encargó de Renata mientras presentaba mis exámenes. Nunca más acepté que estudiar fuera presentado como una prueba de abandono.

Cinco meses después, Renata corría por el patio y recuperaba el apetito. Un domingo hicimos gelatina de fresa. Al poner los moldes en el comedor, se quedó quieta.

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