Andrés durmió un mes en la habitación de visitas. Empezamos terapia de pareja. Admitió que su silencio había permitido que las críticas de Ofelia se convirtieran en acusaciones.
—No me debes una promesa enorme —le dije en una sesión—. Me debes decisiones pequeñas, todos los días.
Andrés acudió a las revisiones, adaptó nuestras comidas y dejó de escuchar llamadas que me culpaban. No lo perdoné de golpe, pero ya no me exigía olvidar. Terminé además el semestre de contabilidad que había dejado suspendido por la hospitalización. Andrés se encargó de Renata mientras presentaba mis exámenes. Nunca más acepté que estudiar fuera presentado como una prueba de abandono.
Cinco meses después, Renata corría por el patio y recuperaba el apetito. Un domingo hicimos gelatina de fresa. Al poner los moldes en el comedor, se quedó quieta.