—Dile que retire lo que está diciendo. Soy tu madre.
Él respiró hondo.
—Y Renata es mi hija. Voy a declarar lo que sé, incluidos los mensajes que te permití mandarme sin detenerte.
Ofelia bajó la mirada. Le dije que no se acercaría a Renata sin condiciones legales y de seguridad adecuadas ni sin que nuestra hija estuviera preparada. Me fui sin levantar la voz.
Semanas después, un juez examinó la evidencia y Ofelia quedó vinculada a proceso por las lesiones, con restricciones de contacto. El caso seguía entre peritajes y audiencias. Lo importante era que Renata no dependiera de las promesas de su abuela.
Ofelia trató de contarles a otros familiares que yo había exagerado lo sucedido por rencor. Me llegaron mensajes pidiéndome que publicara la grabación para demostrarlo. Me negué. No iba a difundir el sufrimiento de mi hija para ganar una discusión en un grupo familiar. Quien necesitaba evaluar el video tenía acceso al original.