Mi pequeña hija entró a mi habitación a las dos de la madrugada, llorando desconsoladamente y sujetándose el vientre: «Mamá, hay pececitos nadando dentro de mí». En urgencias descubrieron 36 imanes en su cuerpo, y mi esposo me gritó: «¿Qué fue exactamente lo que le hiciste?». No discutí con él. Saqué mi celular y les pedí a los policías que revisaran la cámara de seguridad del comedor… Sin imaginar jamás qué miembro de nuestra familia aparecería en la pantalla.

La verdadera confrontación ocurrió dos semanas después, al terminar una diligencia en la Fiscalía. Ofelia estaba con su abogado en el pasillo. Cuando me vio, se acercó sin que nadie se lo pidiera.

—Lucía, vas a destruir a esta familia por un error —dijo con voz temblorosa—. No quería que Renata acabara en un quirófano.

—Entonces debiste pedir ayuda cuando te dijo que le dolía.

—Pensé que exageraba. Tú siempre has exagerado con ella.

—En el video le dices que se calle. También preparaste una acusación antes de darle los imanes. Eso no fue una distracción.

—Yo hubiera cuidado mejor a esa niña —insistió, ya sin lágrimas.

—Tuviste dos oportunidades. Cuando se los diste y cuando te dijo que le dolía. En las dos elegiste protegerte a ti misma.

Miró a Andrés como tantas otras veces.

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