Mi familia política organizó una celebración porque creía que yo había muerto en el hospital. Mi suegra levantó su copa y dijo: “Por fin todo será nuestro”. Hablaban de repartirse la empresa que construí durante 15 años. Yo seguía viva, recuperándome lejos de ellos. En lugar de llamarlos, guardé la grabación y esperé a descubrir quién más estaba involucrado.

Recordé perfectamente sus palabras cuando lo firmamos.

—Es una formalidad, mi amor. Tú nunca tendrás que preocuparte por estas cosas.

Ahora comprendía la ironía.

La misma familia que había utilizado su fortuna para hacerme sentir inferior había firmado un documento que podía obligarla a desprenderse de una parte enorme de esa riqueza.

—¿Y qué pasará con el aceite? —pregunté.

Valeria dejó de sonreír.

—Eso es un asunto separado. Diego te golpeó y tenemos pruebas. Pero tú le causaste lesiones graves y tendrás que responder por lo que hiciste. No voy a prometerte una absolución que todavía no existe.

Bajé la mirada.

Era la primera vez que alguien me hablaba con tanta claridad.

Yo no estaba orgullosa de aquella reacción.

Durante las noches siguientes soñé con el grito de Diego. Me despertaba temblando, preguntándome cómo habíamos llegado a semejante desgracia.

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