Mi familia política organizó una celebración porque creía que yo había muerto en el hospital. Mi suegra levantó su copa y dijo: “Por fin todo será nuestro”. Hablaban de repartirse la empresa que construí durante 15 años. Yo seguía viva, recuperándome lejos de ellos. En lugar de llamarlos, guardé la grabación y esperé a descubrir quién más estaba involucrado.

PARTE 2

—¡Elena, suelta eso inmediatamente! —ordenó Diego.

Pero yo ya no escuchaba sus órdenes.

La humillación, los insultos y aquella bofetada habían provocado algo terrible dentro de mí.

En un movimiento impulsivo, lancé el aceite caliente hacia él.

Su grito estremeció toda la residencia.

Diego cayó al suelo sujetándose el rostro. Teresa comenzó a pedir una ambulancia mientras Karla retrocedía aterrorizada.

Yo solté el sartén.

Durante varios segundos permanecí inmóvil, mirando lo que acababa de hacer.

No sentí ninguna victoria. Solo un miedo profundo al comprender que había causado lesiones gravísimas y que nada podría deshacerlo.

La empleada doméstica llamó al 911.

Cuando llegaron los paramédicos y la policía, no intenté escapar.

—Yo le lancé el aceite —admití—. Pero antes él me golpeó.

Los agentes me trasladaron ante el Ministerio Público. Mientras tanto, Diego fue internado en una unidad especializada en quemaduras.

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