Mi familia política organizó una celebración porque creía que yo había muerto en el hospital. Mi suegra levantó su copa y dijo: “Por fin todo será nuestro”. Hablaban de repartirse la empresa que construí durante 15 años. Yo seguía viva, recuperándome lejos de ellos. En lugar de llamarlos, guardé la grabación y esperé a descubrir quién más estaba involucrado.

En la Fiscalía, Teresa aseguró que yo había atacado a su hijo porque quería quedarse con su fortuna.

Karla declaró que mi agresión había sido completamente inesperada.

Era mi palabra contra la de una familia millonaria.

Hasta que recordé algo.

En la residencia había cámaras de seguridad instaladas por todas partes.

—Revisen la grabación del comedor —solicité—. Ahí está todo.

Horas después, los investigadores confirmaron que las imágenes mostraban a Karla provocando deliberadamente el accidente y a Diego golpeándome primero.

Pero también mostraban mi reacción con el aceite.

La investigación por las lesiones que yo había causado continuaría. Haber sido agredida no borraba automáticamente mi responsabilidad.

Aquella noche llegó mi mejor amiga, Valeria Hernández, una abogada penalista de Guadalajara.

Al verme la mejilla hinchada, me abrazó llorando.

—Te advertí sobre esa familia, Elena. Pero ahora vamos a defenderte con pruebas, no con amenazas.

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