Mi familia política organizó una celebración porque creía que yo había muerto en el hospital. Mi suegra levantó su copa y dijo: “Por fin todo será nuestro”. Hablaban de repartirse la empresa que construí durante 15 años. Yo seguía viva, recuperándome lejos de ellos. En lugar de llamarlos, guardé la grabación y esperé a descubrir quién más estaba involucrado.

Valeria consiguió que se revisara mi situación jurídica conforme al procedimiento correspondiente y me acompañó a documentar mis lesiones.

Después descubrimos que la familia Alcántara estaba difundiendo una historia falsa.

Los medios recibieron fotografías mías acompañadas de acusaciones de que era una oportunista que había planeado quedarse con el dinero de Diego.

Lloré al leerlas.

—Van a destruir mi vida —susurré.

Valeria cerró la computadora.

—Todavía no. Hay algo que ellos olvidaron.

Sacó de su portafolio una copia del convenio patrimonial que Diego y yo habíamos firmado antes de casarnos.

Recordé que sus abogados lo prepararon para proteger la fortuna familiar.

Yo había aceptado firmarlo, pero Valeria había exigido incorporar un anexo de protección para ambos cónyuges.

Nunca imaginé que pudiera llegar a necesitarlo.

Mi amiga abrió la última página y señaló una cláusula.

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