Algunas llegaban sin dinero.
Otras tenían miedo de denunciar.
Muchas creían que soportar humillaciones era parte inevitable del matrimonio.
Cada vez que escuchaba sus historias, recordaba a aquella Elena que aceptaba insultos porque pensaba que amar significaba aguantar.
Y siempre les decía lo mismo:
—No esperen a que la violencia las lleve a un punto sin regreso. Busquen ayuda, protejan su vida y recuerden que nadie tiene derecho a golpearlas.
Una tarde lluviosa, al salir de la asociación, vi a un hombre esperando el camión sobre avenida Vallarta.
Llevaba una chamarra vieja y sostenía una bolsa con comida.
Tardé unos segundos en reconocerlo.
Era Diego.
Ya no tenía chofer ni automóvil de lujo. Parecía cansado, con el rostro marcado por las cicatrices y el peso de los años.
Cuando nuestras miradas se encontraron, bajó la cabeza avergonzado.
Pude haber seguido caminando.