Mi familia política organizó una celebración porque creía que yo había muerto en el hospital. Mi suegra levantó su copa y dijo: “Por fin todo será nuestro”. Hablaban de repartirse la empresa que construí durante 15 años. Yo seguía viva, recuperándome lejos de ellos. En lugar de llamarlos, guardé la grabación y esperé a descubrir quién más estaba involucrado.

Algunas llegaban sin dinero.

Otras tenían miedo de denunciar.

Muchas creían que soportar humillaciones era parte inevitable del matrimonio.

Cada vez que escuchaba sus historias, recordaba a aquella Elena que aceptaba insultos porque pensaba que amar significaba aguantar.

Y siempre les decía lo mismo:

—No esperen a que la violencia las lleve a un punto sin regreso. Busquen ayuda, protejan su vida y recuerden que nadie tiene derecho a golpearlas.

Una tarde lluviosa, al salir de la asociación, vi a un hombre esperando el camión sobre avenida Vallarta.

Llevaba una chamarra vieja y sostenía una bolsa con comida.

Tardé unos segundos en reconocerlo.

Era Diego.

Ya no tenía chofer ni automóvil de lujo. Parecía cansado, con el rostro marcado por las cicatrices y el peso de los años.

Cuando nuestras miradas se encontraron, bajó la cabeza avergonzado.

Pude haber seguido caminando.

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