Pero me detuve.
—Hola, Diego.
Él levantó la mirada.
—Elena… No sabía que trabajabas por aquí.
—La asociación está a dos cuadras.
Asintió.
Durante unos segundos ninguno supo qué decir.
Finalmente, Diego murmuró:
—He visto lo que haces por esas mujeres. Me alegra que hayas encontrado algo bueno después de todo.
—Gracias.
Se quedó mirando la lluvia.
—Perdón por la manera en que te traté. Debí decirte eso desde el primer día.
Sentí una tristeza tranquila.
Ya no tenía necesidad de discutir con él.
Tampoco deseaba verlo sufrir más.
—Cuídate, Diego —respondí.
Seguí caminando.
No hubo abrazos ni promesas de reconciliación.
Al llegar a la esquina, miré hacia atrás una sola vez.
Diego seguía esperando el camión.
Comprendí que nuestras vidas habían tomado caminos completamente distintos.
Durante mucho tiempo pensé que mi victoria consistiría en verlo perder la fortuna que tanto valoraba.