Mi familia política organizó una celebración porque creía que yo había muerto en el hospital. Mi suegra levantó su copa y dijo: “Por fin todo será nuestro”. Hablaban de repartirse la empresa que construí durante 15 años. Yo seguía viva, recuperándome lejos de ellos. En lugar de llamarlos, guardé la grabación y esperé a descubrir quién más estaba involucrado.

Y aun así decidió castigarme cuando me negué a pedir perdón.

—Me golpeaste sabiendo que tu hermana quería humillarme —susurré.

Diego comenzó a llorar.

—Lo siento, Elena. Te juro que lo siento.

Quise recordar al hombre que me llevaba medicinas cuando estaba enferma, que me esperaba bajo la lluvia y que me prometía una vida maravillosa.

Pero esos recuerdos ya no podían borrar lo ocurrido.

—Debiste haberme protegido de aquella humillación —le dije—. Y yo debí alejarme antes de llegar al extremo al que llegué. Los dos tendremos que vivir con las consecuencias.

Me levanté.

Diego intentó sujetar mi mano, pero se detuvo antes de tocarme.

—¿Algún día podrás perdonarme?

Lo observé durante unos segundos.

—Tal vez algún día deje de dolerme. Pero eso no significa que volvamos a estar juntos.

Salí de la cafetería y encontré a Valeria esperándome.

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