Apenas entramos al automóvil, rompí a llorar.
No lloraba porque quisiera regresar con Diego.
Lloraba por los tres años que había invertido en una persona que, en el momento más importante, eligió lastimarme.
Los meses siguientes fueron difíciles.
Mi divorcio avanzó por la vía familiar, mientras la reclamación patrimonial se discutía por separado.
Los abogados de Diego cuestionaron la validez y el alcance del convenio. Valeria respondió con las copias certificadas, las garantías pactadas y los documentos firmados ante notario.
También continuó la investigación penal por mis actos.
Tuve que asistir a peritajes, declarar nuevamente y enfrentar preguntas que me obligaron a revivir aquella noche.
Mi recuperación emocional tampoco fue rápida.
Comencé terapia psicológica y aprendí que reconocer una agresión sufrida no significaba justificar cualquier reacción posterior.
Hubo días en los que temía perderlo todo.