—Mi mamá solo quería que aprendieras a comportarte.
Aquella respuesta terminó de abrirme los ojos.
Incluso después de todo lo ocurrido, seguía justificándola.
—Diego, tú también pudiste detener aquello. Solo necesitabas escucharme.
—Está bien, perdóname. Pero deja de atacar a mi familia.
—No estoy atacando a nadie. Estoy defendiéndome de sus mentiras.
Antes de colgar, me pidió que regresara a casa.
Prometió cambiar y asegurar que su madre nunca más se metiera en nuestra relación.
Pero ya era demasiado tarde.
—No voy a volver contigo —le respondí—. Y tampoco voy a fingir que estos tres días de matrimonio fueron normales.
Una semana después, Teresa me citó en un restaurante privado de Andares.
Valeria consideró que podía reunirme con ella siempre que lo hiciera en un lugar público y sin firmar ningún documento.
Mi suegra llegó acompañada de dos abogados.