Las publicaciones que antes me llamaban interesada comenzaron a recibir críticas.
Algunos medios retiraron sus acusaciones. Otros publicaron rectificaciones.
En redes sociales aparecieron miles de comentarios.
Muchos condenaban la violencia de Diego y las humillaciones de su familia. Otros cuestionaban, con razón, la gravedad de mi respuesta.
Yo leía aquellas opiniones con sentimientos encontrados.
No necesitaba que todo el mundo aprobara lo que había hecho.
Necesitaba que dejaran de afirmar que mi esposo jamás me había tocado.
Una tarde recibí una llamada desde el hospital.
Era Diego.
—Elena, ¿qué más quieres de mí? —preguntó con voz cansada—. Ya me destruiste la cara. ¿También quieres destruir mi vida?
Me quedé callada unos segundos.
—Quiero que digas la verdad.
—¿Cuál verdad?
—Que me golpeaste. Que tu hermana provocó el accidente. Que tu madre me humillaba desde antes de casarnos.
Diego respiró con dificultad.