Parecía haber envejecido varios años.
—Elena, quiero ofrecerte una disculpa —comenzó—. Reconozco que cometimos errores.
La escuché sin interrumpirla.
—Diego perdió el control, Karla actuó de manera inmadura y yo debí comportarme mejor.
—¿Eso es todo lo que tiene que decirme?
Teresa apretó los labios.
—Quiero que terminemos con este escándalo. Mi hijo está sufriendo. La empresa está perdiendo clientes y nuestros socios comienzan a desconfiar.
Entonces colocó una carpeta frente a mí.
Dentro había una propuesta económica.
Me ofrecían dos millones de pesos a cambio de desistir de mis reclamaciones patrimoniales, firmar un acuerdo de confidencialidad y publicar una declaración conciliadora.
Miré la cifra.
Después miré a Teresa.
—¿Dos millones por mi silencio?
—Es más dinero del que ganarías trabajando durante muchos años —respondió.
Sonreí tristemente.
Seguía pensando que mi dignidad tenía precio.
—No vine a vender mi silencio, señora Teresa. Vine a escuchar si realmente había comprendido lo que hizo.