La boda destruida empezó a mostrarle algo que iba más allá de su humillación.
Cerca de la medianoche, Arturo le entregó un sobre.
—Mi hijo firmó contratos falsos con mi empresa. Haré lo necesario para responder. Aquí hay un cheque por los gastos de la boda.
Renata negó con la cabeza.
—No puede pagarme el dolor.
—No pretendo hacerlo. Solo quiero devolverte lo que él convirtió en escenario de su plan.
Renata miró el salón: las flores blancas, las mesas, el vestido, las mujeres que habían empezado a hablar porque ella se negó a guardar silencio.
Entonces tomó el micrófono.
—Este dinero no va a devolverme el día —dijo—. Así que no lo usaré para fingir que nada pasó.
Lucía la observó, intrigada.
—Voy a crear un fondo para mujeres que necesiten salir de una casa, una relación o una boda basada en mentiras. Tendrá asesoría legal, apoyo psicológico y ayuda para abrir cuentas propias. Se llamará Casa Azahar, porque estas flores ya no van a representar mi matrimonio. Van a representar la vida que empieza después.