—La comida sigue caliente y la barra ya está pagada —dijo—. Mi hermana no necesita 300 personas mirándola con lástima. Necesita recordar que sigue viva.
Al principio nadie supo qué hacer. Después la tía Clara se levantó, abrazó a Renata y pidió que sirvieran la cena. Las mesas volvieron a llenarse. La música comenzó con canciones que no hablaban de promesas eternas. Las damas retiraron del pastel la figura del novio y la hundieron dentro de una copa, provocando la primera risa sincera del día.
Renata no se quitó el vestido.
Caminó entre los invitados agradeciendo abrazos, escuchando historias que nunca había conocido. Varias mujeres le confesaron que habían callado infidelidades, deudas ocultas o abusos por miedo al escándalo familiar. Una prima admitió que quería dejar a su marido, pero no tenía cuenta bancaria propia. Una mesera contó que dormía en casa de una amiga porque su expareja controlaba su salario.