“Padre biológico: no declarado.”
Adriana soltó un gemido.
Renata miró al hombre que la había llevado de la mano al kínder, que le enseñó a manejar y que acababa de defenderla en el altar.
—Papá…
Julián sonrió con crueldad.
—Tu madre no empezó a mentir conmigo.
Las puertas del salón se abrieron.
Entró un hombre de cabello plateado, traje oscuro y una carpeta de piel bajo el brazo. Adriana estuvo a punto de caer. Esteban lo reconoció de inmediato.
El desconocido se detuvo frente a Renata.
—Me llamo Mauricio Valdés —dijo—. Y durante 34 años me han pedido que no te diga que soy tu padre biológico.
PARTE 3
Nadie aplaudió, nadie gritó y nadie volvió a mirar el pastel. El salón entero quedó suspendido alrededor de Renata, como si cualquier sonido pudiera terminar de romperla.
Mauricio Valdés tenía 61 años, era notario retirado y había sido socio del padre de Adriana antes de que Renata naciera. No intentó abrazarla. Se limitó a sostener la carpeta contra el pecho.