—No aquí.
Renata sonrió sin alegría.
—Esa frase ya no funciona contigo.
La recepción se transformó en un velorio extraño para una vida que no había comenzado. Renata entró con el vestido puesto, arrancó del tablero el letrero “Renata y Julián Ortega” y ordenó que sirvieran la comida.
La madre de Julián, Teresa, se acercó con un estuche de terciopelo.
—Esto era de mi madre. Él debía entregártelo después de la ceremonia. No quiero que vuelva a tocarlo.
Dentro había un collar de oro con una pequeña esmeralda.
—No puedo aceptarlo.
—No te lo doy por haber sido su prometida. Te lo doy porque fuiste familia para mí antes de que él demostrara no merecerte.
Renata guardó el estuche sin saber qué significaría en el futuro.
Al caer la tarde, Esteban estaba junto a una ventana, leyendo una copia del diario.