Había una solicitud preliminar de crédito por un millón 200 mil pesos, respaldada por la propiedad que yo estaba a punto de donarles.
El dinero se distribuiría entre liquidar deudas, cambiar la camioneta por una más grande y renovar completamente la cocina.
También aparecía una cantidad considerable destinada a gastos personales.
Lo que me llamó la atención fue una hoja escrita a mano por Renata.
“Primero escriturar. Después tramitar crédito. No hablar de esto con Elena hasta que quede firmado”.
Me quedé mirando aquella frase durante varios minutos.
No era una equivocación.
No era un malentendido.
Mi hijo y mi nuera habían organizado su futuro financiero contando con una propiedad que todavía me pertenecía.
Y lo peor era que habían decidido ocultármelo.
Recordé una conversación de hacía dos meses.
—Mamá, ¿no crees que deberíamos cambiar la cocina? —me preguntó Renata mientras desayunábamos.