PARTE 2
Salí del hospital sin despedirme de nadie.
En el estacionamiento, antes de encender mi coche, revisé las fotografías que Diego me había enviado durante el embarazo. Ahí estaban la cuna, la carriola que querían comprar, los muebles nuevos y hasta las cortinas especiales que Renata había escogido.
Casi todo llevaba una frase debajo:
“Mamá, ¿nos ayudas con esto?”
Durante tres años, mi hijo y su esposa habían vivido gratuitamente en un departamento de dos recámaras en la colonia Del Valle.
Era mío.
Lo había heredado de mis padres y estaba valuado en aproximadamente 3 millones de pesos.
Ellos nunca pagaron renta. Yo seguía cubriendo el mantenimiento, el predial y buena parte de los servicios.
Renata decía que necesitaban ahorrar para formar una familia.
Sin embargo, manejaban una camioneta nueva, comían constantemente en restaurantes caros y compraban ropa de marcas que yo jamás había podido permitirme.