Respiró profundamente.
—No te estoy llamando para pedirte que nos devuelvas el departamento.
Cerré los ojos.
—Entonces me alegra mucho que me hayas llamado.
Hubo otro silencio.
Finalmente preguntó:
—¿Todavía quieres conocer a tu nieto?
No pude contestar de inmediato.
Me senté en una silla para recuperar el aliento.
—Más que nada en el mundo.
—Voy a hablar con Renata. No quiero prometerte algo que todavía no hemos acordado, pero quiero que podamos arreglar nuestra relación.
—Yo también, Diego.
Antes de despedirnos, me dijo algo que jamás olvidaré:
—Perdóname, mamá. No por haberme quedado sin una casa gratis. Perdóname por haberte hecho sentir que tu único valor para nosotros era tu dinero.
Lloré después de colgar.
Lloré por todos los años en que había confundido el sacrificio con el amor.
Por las veces que había dicho que sí cuando quería decir que no.